Thomas Struth. Observador en segundo grado

  • Publicado por Observer
  • Hace 1352 días

La antropología nos enseña hasta qué punto las civilizaciones ajenas, en su radical otredad, son percibidas por nosotros como alienígenas: las complejas leyes de parentesco y nupcialidad de las tribus subsaharianas, los impenetrables rituales esotéricos aztecas o las minuciosas normativas del comercio fenicio (que parecen seguir una lógica que no es la nuestra, ilustrando cosmovisiones que sobrepasan nuestra capacidad de entendimiento) nos obligan a valorar las costumbres del foráneo como fruto del “pensamiento mágico”, el primitivismo o la falta de racionalidad.  Sin embargo, el arte occidental ha servido desde siempre para revolver inquisitivamente la mirada hacia nosotros mismos, para demostrarnos que incluso nuestras costumbres más cotidianas, en su irresistible espontaneidad, pueden resultarnos misteriosas, incomprensibles. Alienígenas. Muchos de nuestros hábitos responden a una voluntad individual y colectiva que, como sintetizaba el Schopenhauer más metafísico, es «un ciego afán, un impulso o pulsión carente por completo de fundamento y motivos». Lo social está enigmáticamente recorrido por gestos esotéricos.

De todas las prácticas humanas, la más indescifrable en términos racionales seguramente sea la contemplación del arte como fin en sí mismo. Si las primeras culturas producían imágenes como parte de ritos religiosos o políticos en las que funcionaban como dispositivos ceremoniales, y posteriormente los aristócratas demandaban lienzos y estatuas como piezas decorativas, la relación del hombre contemporáneo con el arte parece responder, o bien a su valor como estímulo intelectual, o como virtuoso adminículo de gozo estético. Sin embargo, la lógica del ritual es la misma desde las primeras Venus de arcilla a las modernas instalaciones de la era post-Duschamp: la Adoración, casi hipnótica, de artefactos cuyo único fin es ser adorados. Con la única especificidad de que hoy en día dicha idolatría se ha trasladado, desde los templos o los palacios, a los Museos.

Las fotografías de la serie Audience del alemán Thomas Struth se preguntan por la enigmática relación entre obra de arte y espectador mediante una estrategia paradójica: enfocando al público en el instante hierático en que éste desaparece en el agujero negro cognitivo implícito en toda adoración. Sus imágenes capturan a masas de voyeurs anónimos, turistas sin identidad en la era de la globalización, congregados en torno a alguna pieza sagrada en las mejores pinacotecas del mundo, y alrededor de las cuales tienen lugar curiosas interacciones entre los visitantes y lo exhibido: desde la contemplación concentrada y ensimismada de los espectadores más comprometidos con la cultura, a la casi indiferente de niños o familias poco interesadas, pasando por la mirada rutinaria y aburrida del turista casual que se deja llevar por la inercia estéril de visitar museos porque “hay que hacerlo”, pero sin ningún vínculo íntimo con la experiencia museística. Fotografías de aglomeraciones ante las obras más venerables, junto a otras en las que el único protagonista es algún visitante solitario que se siente particularmente interpelado por alguna pieza en particular.

A Struth no le interesa el carácter de verbena y farándula habitual en los museos desde que éstos se han incorporado al ocio masivo de la sociedad del espectáculo, sino el misterioso pacto casi sacramental que vincula a observador y obra de arte, incluso en tiempos de vulgarización como el nuestro. La enigmática adoración de las imágenes es un fenómeno que reverbera en lo político, lo estético y todos los registros de lo existencial, pero la razón última de su fuerza como experiencia (el acto de desaparecer en la contemplación de una imagen) es un misterio que trasciende cualquier tentativa descriptiva. Las fotografías de Struth son un homenaje, frío y objetivo, al vínculo entre creador y espectador, sacramento de una comunión profana.