Error en el espaciotiempo

Imagina a un hombrecillo pequeñito y con cola de gato que frecuenta lugares públicos y que, cuando cree que está solo, se da cuenta de que no es así, de que está en un lugar muy concurrido. Le pasa en el metro, en tiendas, en el ascensor y en teatros. Sitios en los que se pone a hacer muecas y sonidos guturales al patio de butacas, desafiando el espejismo. Cuando, de pronto, otra vez pasa. Está en medio de una obra de teatro, todo el mundo está matándolo con la mirada. ¡No puede ser!, ¡una vez más!, suele decir mientras busca la salida, abatido.

El problema es que no sabe si es algo relacionado con las leyes físico-temporales (alguna grieta en el pliegue de lo visible) o procede de su mente (de una confusión patológica).

Poco a poco va huyendo de los sitios de mucha gente para evitar este error espaciotemporal.

Lo último que sabemos de él es que vive en un iglú de la Antártida. A veces, rodeado de gente que caldea la estancia y alegra la soledad de la noche. Y que expresar muecas y sonidos guturales nunca más fue un error.

 

Foto: Postigos Imposibles